Trazando La Línea · 8 sept 2026 · 27:04
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Viajar siempre ha implicado algún grado de riesgo. Sé que no te estoy diciendo nada nuevo. Desde que existe historia documentada, el conflicto, la inestabilidad política, la criminalidad y las tensiones entre sociedades han acompañado al ser humano. Cambian los actores, cambian las fronteras, cambian las razones y cambian las herramientas, pero el conflicto siempre existe.
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Soy producto de la Guerra Fría.
Adolescente de los 80. Soldado de los 90. Veterano de los 2000.
Crecí y eventualmente serví en un mundo definido por dos colosales bloques, por una Europa dividida, por la amenaza nuclear y por una manera bastante particular de entender quién era aliado, quién era adversario y dónde estaban las líneas. Además de haber sido combatiente, llevo décadas observando cómo ese escenario se ha transformado. Algunas veces desde muy cerca; otras, desde la distancia profesional de quien continúa prestando atención a lo que ocurre alrededor del mundo. Y eso inevitablemente afecta mi percepción.
Para aquel que nació después de la caída del Muro de Berlín (1989), tras la desaparición de la Unión Soviética (1991) o incluso después del 11 de septiembre de 2001, es posible que tenga una perspectiva del mundo algo diferente a la mía. Muchas de las condiciones que para mi generación representaron cambios significativos son simplemente parte del paisaje normal para generaciones más recientes. Eso no significa que una generación entienda el riesgo mejor que otra. Solo que nuestros puntos de referencia son diferentes.
Durante ese tiempo hemos visto guerras terminar y otras comenzar; países desaparecer y otros surgir; terrorismo internacional, crisis económicas, pandemias, extensos movimientos migratorios, economías fluctuar, cambios tecnológicos y nuevas razones por las que Estados deciden entrar en conflicto. También hemos visto cómo un conflicto aparentemente lejano y ajeno a nuestra realidad, puede afectar rutas aéreas, fronteras, precios, cadenas de suministro, seguridad energética o decisiones políticas a miles de kilómetros de distancia. No digo que vivimos en el momento más peligroso de la historia; eso sería exagerado y bastante alarmista. Ese no soy yo. En perspectiva, la historia del mundo está llena de tragedias y épocas mucho más nefastas que la que vivimos hoy día.
Lo que sí puedo decir es que el panorama cambia, y que algunas de esas transformaciones pueden afectar directa o indirectamente la manera en que viajamos. Y, sin embargo, seguimos viajando. Y muchísimo.
En 2021, todavía bajo los efectos de la pandemia de COVID-19, el mundo registró aproximadamente 415 millones de llegadas turísticas internacionales. Para 2025, UN Tourism estimó alrededor de 1,520 millones de llegadas, consolidando una recuperación prácticamente total y estableciendo un nuevo récord.
No utilizaría esa comparación para decir simplemente que el turismo creció vertiginosamente. El año 2021 fue demasiado irregular para servir como base . Pero los números sí ilustran algo mucho más interesante: la gente quiere viajar. Incluso después de una pandemia, incluso mientras existen conflictos armados, incluso cuando las relaciones entre algunas potencias se deterioran, incluso cuando los titulares pueden hacer parecer que medio planeta está a punto de encenderse en llamas. No sé si esto responde a optimismo, curiosidad, el deseo de recuperar experiencias perdidas o una combinación de todas estas cosas. Pero es una realidad. La gente continúa montándose en aviones. Y yo también.
1. Buscar amenazas es fácil; analizar riesgo es necesario
Este mismo año viajé junto a mi esposa y varios amigos a Marrakech y Portugal. Fue un viaje largo, intenso, ambicioso y, al final, extraordinariamente espectacular. Pero antes de salir hice lo que, por experiencia profesional, estoy acostumbrado a hacer: una evaluación de riesgo. No estoy hablando de buscar hoteles. Estoy hablando de riesgo. Revisé condiciones políticas, sociales y de seguridad. Observé acontecimientos regionales. Evalué rutas, desplazamientos, posibles interrupciones, criminalidad, protestas, condiciones culturales y otros factores que pudieran tener algún efecto sobre nosotros.
Probablemente se me pasó la mano. De hecho, a veces bromeo que si mi esposa viera todo el proceso de análisis que realizo antes de un viaje, es probable que me hubiera preguntado:
¿Pero… tú estás loco? ¿Pa’ qué carajos vamos pa’ allá? ¿Tú quieres que nos maten? ¿Quieres deshacerte de mí? Eso es, ¿verdad?😅
Porque ocurre algo muy curioso cuando uno comienza a buscar amenazas: las encuentra. Siempre. Ninguna ciudad es cien por ciento segura. Ningún país es cien por ciento estable. Ninguna carretera está completamente libre de accidentes. Ninguna zona turística está exenta de crimen. Ningún aeropuerto está libre de interrupciones.
Si buscas, siempre encontrarás algo malo sobre prácticamente cualquier lugar del planeta. Y ahí está precisamente el problema: encontrar amenazas no es lo mismo que analizar riesgo. Mi ejercicio antes de Marrakech no me convenció de cancelar el viaje; me ayudó a entenderlo. Ese es el punto fundamental.
La mayoría de nosotros investiga exhaustivamente antes de viajar: buscamos vuelos, hoteles, restaurantes, excursiones y alquileres de automóvil. Comparamos precios, lee