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Trazando La Línea

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In Memoriam por Nuestras Mujeres

Trazando La Línea · 1 sept 2026 · 1:05:52

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NOTA DEL AUTOR: El artículo a continuación toca un tema sumamente serio, grave y sensitivo. Lo preparo con el mayor respeto a la memoria de las personas que se mencionarán a continuación, al igual que de las múltiples víctimas de feminicidio, tanto en Puerto Rico como alrededor del mundo.

El mismo ha sido preparado con mucho cuidado y consideración.

Aunque mi intención inicial ha sido orientar el mismo para lectores varones, espero que sirva también para que mis lectoras mujeres, o que se identifiquen de alguna otra manera, que encuentren algún beneficio al leer el mismo.

Me cuesta pensar que un simple artículo pueda llegar a aquellos que tengan la propensión a agredir a una mujer, sea de manera física o psicológica. Aun así, no pierdo la esperanza de que, si alguno de ustedes, varones, se encuentra en ese umbral, en esa frontera de la cual no hay vuelta atrás, le sirva este para reflexionar y buscar ayuda.

“Hombres de bien”: Varones responsables, de principio y morales claros, que reconocen el impacto de sus acciones, el valor de la vida y el valor de la mujer. Les pido encarecidamente que no nos quedemos de brazos cruzados. Tenemos un deber, una obligación, sobre la cual abundaré más adelante. Es importante que entiendan que “Reconocimiento” con “Inacción”, pudiese considerarse igual de perjudicial que la acción nefasta que tanto repudiamos.

Mi testimonio: Un milagro privado, no una receta pública

Antes de su muerte, mi padre ya se había casado o convivido con unas seis u ocho mujeres. Al día de hoy, esto sigue siendo un misterio familiar que todavía se busca descifrar.

De las mujeres que yo conocí personalmente, por lo menos cuatro fueron maltratadas por mi papá, tanto física como psicológicamente. Pateadas, golpeadas, empujadas y reducidas a un ser inferior tanto en público como en privado. Los adultos que sabían preferían hablar de él a sus espaldas y solo en círculos familiares, culpando al alcohol como causa de su comportamiento, y disculpándolo porque era bueno cuando estaba sobrio. Excepto que, cuando se encuentra uno la mayoría del tiempo borracho, difícilmente puede distinguirse quién es Dr. Jekyll y quién es Mr. Hyde.

De todas estas mujeres, yo diría que, con excepción de las últimas dos, a quienes llamaremos Marta y Claudia, fueron las únicas que no pudo maltratar. Marta medía casi seis pies, y era todo músculo. Marta era prestamista y utilizaba a mi papá como cobrador, como su “pesado”. Aunque ya entrado en edad, mi papá era un hombre corpulento, con una personalidad muy afable cuando estaba sobrio, pero sumamente violento cuando bebía. Entonces, Marta enviaba a mi papá para que fuera a cobrar, para que “conversara” con sus deudores y consiguiera el dinero que la gente le debía. Pero… Marta fácilmente podía hacer de mi papá un nudo si hubiera querido, así que Papi no pudo domarla. Estos dos no duraron mucho.

La última, Claudia, esta era enfermera. Ella comenzó a cuidar de mi papá cuando este ya no podía valerse por sí mismo. Así que ella simplemente lo mantenía provisto con la suficiente cantidad de alcohol debida para mantenerlo funcional, le alimentaba bien y lo mantenía vivo. Que tuviese acceso al cheque de seguro social que le llegaba a papi era solo un bono adicional por su obra altruista. Justicia poética, supongo.

Ya antes de que mi papá muriera, mi relación con él era inexistente. Lo que quiero decir con todo esto es que fui criado en un entorno violento. No todo el tiempo… hubo momentos buenos.

Pero fácilmente se puede decir que mi ejemplo a seguir, mi modelo, era un abusador. No es difícil ver entonces cómo el potencial existía de que yo eventualmente me convirtiera en uno. La semilla de la violencia estaba sembrada en mí; el potencial de repetir esa historia era una posibilidad real.

Mi madre, su primera esposa; no me enseñó a ser un hombre violento, todo lo contrario. Me enseñó el rol y el deber de un buen varón. Como hermano, debía proteger a mi hermana. Como caballero ejemplar, debía abrir la puerta del carro a la dama. Debía caminar al lado del tránsito cuando paseara con una dama. Después de todo, era la mentalidad de ese entonces de que la mujer era el sexo débil, y nuestro deber como caballeros y pilares de nuestra comunidad era proteger a nuestras mujeres. Ya que nuestra figura paternal estaba ausente y no era el mejor de los ejemplos, mi mamá trató del mejor modo que pudo, sola, de criar a dos varones y una niña. Después del divorcio, fue estigmatizada y, sola, de la mejor manera que pudo, tenía que educar a dos varones, contrarrestando el efecto nocivo de las visitas de fin de semana con nuestro padre. Ella sabía lo que íbamos a presenciar, pero legalmente, no tenía remedio. La corte estableció las reglas, y en aquellos tiempos, no existían muchos recursos para pelear contra el sistema. A mi mamá se le educó de manera clara sobre cuáles eran los roles del varón y de la mujer en una relación. No conociendo diferente, así trato de educarnos.

Y así, hasta mis 16 o 17 años, cuando conocí a esta muchacha. La mujer que me enseñaría un nuevo modelo de ser un hombre. Liza, una mujer hermosa y poderosa. Con quien llevo más de 30 años casados y con quien tengo dos hermosas hijas.

Liza, ni por lecciones, ni por conversaciones de lo que debe ser un hombre de verdad o de cómo tratar a una mujer. Me enseñó más bien por su ejemplo, por su carácter. Pienso que más que nada su forma de ver la vida fue lo que me hizo replantearme lo que hasta ese momento para mí era la relación hombre-mujer. Ya antes de conocer a Liza, yo tenía unas tendencias, unos comportamientos, unos celos, una posesividad que se había dado en relaciones anteriores que apuntaban a un camino sumamente sombrío. Tenía una actitud y una perspectiva de superioridad hacia la mujer que no pronosticaba un futuro prometedor para mí y mis relaciones de pareja.

Estamos hablando d

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