Trazando La Línea · 15 sept 2026 · 28:57
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Por más de treinta años en el campo de la seguridad, he observado cómo la falta de confianza puede debilitar procesos, personas e instituciones.
Identificar amenazas, descubrir irregularidades y considerar opciones en las que otros quizá no piensen es parte del trabajo. Esa responsabilidad no exige vivir sospechando de todo y de todos, especialmente de quienes trabajan junto a nosotros.
Existe una gran diferencia entre mantener una postura de seguridad y desarrollar una cultura de sospecha.
He visto también cómo iniciativas nobles, ambiciosas y de importancia crucial para la institución se deterioran cuando el análisis deja de basarse en el criterio y comienza a apoyarse en presunciones y prejuicios. Muchos de estos programas fueron creados para atender una necesidad real de la operación: observar conductas, identificar anomalías y reconocer señales que pudieran ameritar una evaluación más cuidadosa. Se buscaba identificar situaciones en las que alguien pudiera estar ocultando información, tratando de engañar o mostrando comportamientos que merecían atención adicional. [1]
El problema surge cuando la herramienta deja de utilizarse para identificar indicadores de engaño y comienza a utilizarse para confirmar sospechas preconcebidas.
Ahí cambia todo.
Cuando el criterio es sustituido por el prejuicio, dejamos de preguntar “¿qué estamos observando?” y comenzamos a decidir lo que creemos que eso significa, antes de contar con información suficiente para llegar a una conclusión. Las personas son sometidas entonces a procesos más rigurosos, intrusivos o innecesarios. No porque su conducta lo justifique, sino porque alguien ya decidió interpretarla bajo una lente o un filtro particular.
Y el daño no termina con la persona sometida al proceso. También se deteriora la herramienta: se debilita su credibilidad, se genera resistencia, se pierde confianza y, eventualmente, se ponen en duda programas e iniciativas que, bien aplicados, pueden mejorar significativamente nuestra efectividad y eficiencia.
No siempre fallamos por falta de controles. A veces fallamos porque la cautela se convierte en temor, el escepticismo en sospecha y el criterio en prejuicio.
Ese es el punto desde el cual parte esta reflexión.
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Mi punto de partida: la confianza consciente
Gran parte de mi vida profesional se ha desarrollado dentro del ámbito de la seguridad. Quizá por eso esta reflexión pueda resultar, a primera vista, contradictoria. Mi filosofía personal de liderazgo incluye una noción bastante simple: confío en las personas desde el principio, hasta que me den razones para dejar de hacerlo.
No se trata de creer que todo el mundo es bueno. Tampoco de ignorar amenazas, eliminar controles o asumir que nadie tiene intereses propios. Dentro del campo de la seguridad, resultaría absurdo sostener algo así. Mi filosofía propone algo diferente: no creo que una persona deba demostrar primero que es digna de confianza.
La confianza es mi punto de partida. La conducta determina si esta permanece.
Y precisamente por trabajar en el campo de la seguridad, llevo tiempo preguntándome si dentro de nuestra profesión hemos convertido a la sospecha permanente en la norma.
Cuando sospechar se convierte en identidad profesional
En el campo de la seguridad, es comprensible que tendamos a observar el mundo en términos de anomalías, vulnerabilidades, inconsistencias e intenciones ocultas. Es parte del oficio. Repasamos conductas, protegemos accesos, anticipamos escenarios y nos preguntamos qué puede salir mal y quién puede tratar de aprovecharse.
El problema empieza cuando esa habilidad profesional deja de ser una herramienta y se convierte en nuestra forma permanente de interpretar el mundo y a las personas. De pronto, todo el mundo parece tener una agenda oculta. Una pregunta inocente despierta sospecha, una conversación informal se escudriña en busca de una intención oculta y una diferencia de opinión se interpreta como mala intención. El error comienza a verse como algo deliberado, la discrepancia como traición y, poco a poco, se crea una cultura en la que cualquiera puede ser culpable hasta que se demuestre lo contrario.
"Algunos, temiendo ser engañados, han enseñado a engañar; con sus sospechas han dado a su amigo el derecho a fallar"
—Séneca (65 d. C.)
Según Lucio Anneo Séneca (mejor conocido como Séneca el Joven) célebre filósofo, político y escritor hispano-romano, nacido en Córdoba alrededor del 4 a.C., el tratar a alguien con sospecha constante, pudiese cultivar de por sí un entorno tan hostil que la otra persona termine sintiendo que, no importa cómo actúe, ya un juicio a sido emitido. Esto, en efecto y de manera paradójica, le otorga "permiso" moral o la excusa perfecta para traicionar tu confianza. La desconfianza genera desconfianza e invita a la traición.
Hay un concepto particularmente importante que quienes trabajamos en seguridad debemos entender: observar una conducta e interpretar su intención no son la misma cosa.
Entre la observación y la interpretación ocurre un proceso mental: vi algo, escuché algo, identifiqué una anomalía. Eso es información. Determinar por qué ocurrió, eso requiere análisis. Cuando confundimos observación con interpretación, corremos el riesgo de convertir nuestra experiencia profesional en una máquina para producir sospechas.
Visto desde fuera, p