Trazando La Línea · 30 jul 2026 · 26:44
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Loung Ung tenía cinco años cuando los Jemeres Rojos entraron en Phnom Penh y cambiaron su vida para siempre. Aquel régimen, responsable de uno de los genocidios más devastadores del siglo XX, causó la muerte de sobre 2 millones de personas por ejecuciones, trabajos forzados y hambruna. Loung no lo aprendió de otros o como tragedia histórica: lo vivió en carne propia.
La historia de Loung no es nueva. Si te suena familiar es porque Loung Ung publicó su autobiografía “First They Killed My Father” en el año 2000. Y Angelina Jolie llevó sus memorias a Netflix en 2017, en una película escrita junto con la propia Loung. Para algunos lectores y espectadores, lo que ocurrió con su familia durante el régimen de los Jemeres Rojos puede que ya sea conocido.
Por eso volver a esta historia no consiste en repetir lo que ya se sabe, sino en mirar con más atención aquello que suele quedar en segundo plano: la manera silenciosa en que una niña aprende a sobrevivir. Pero, conocer una historia no significa haber visto todo lo que contiene.
Por mucho tiempo pensé que la base de esta historia era una niña obligada a sobrevivir a uno de los regímenes más brutales del siglo XX. Hoy la leo de otra manera. Me parece que, junto a Loung, hay una presencia que la acompaña en casi todas las escenas, aunque no tenga nombre, ni rostro, ni diálogo: el miedo.
No era ese miedo que se manifiesta como frenesí ni ese que nos paraliza súbitamente y nos priva de la sensación de control.
Era un miedo constante, una presencia silenciosa que observaba lo que la niña no percibía, que reconocía el peligro antes de que ella pudiera explicarlo y le decía qué hacer o, con más frecuencia, qué no hacer.
Y este miedo, le hablaba mediante el silencio.
La película nos hace sentir y el libro nos permite comprender.
La película y el libro cuentan esencialmente la misma historia, pero no producen el mismo nivel de comprensión: la película nos presenta al peligro desde afuera, mientras el libro nos permite entrar en la lógica interior del miedo y el silencio mientras Lung lo expone.
En la película, el silencio es cinematográfico. Las pausas, los rostros, los sonidos distantes, la respiración contenida y la ausencia de explicaciones producen tensión. El espectador observa a Loung y siente que algo terrible puede ocurrir en cualquier momento. El silencio nos coloca emocionalmente junto a ella.
En sus memorias, Loung no solo cuenta lo que hizo. Intenta explicar lo que percibía, lo que temía revelar, lo que comprendía de los adultos y lo que ocurría dentro de ella mientras permanecía inmóvil o callada.
La película utiliza el silencio para que sintamos el peligro. El libro nos permite examinar lo que el silencio estaba haciendo por ella.
Y es esa diferencia la que me llama la atención, porque es ahí donde se revela el punto más íntimo e impactante del ensayo.
No quiero volver a contar toda la historia de Camboya ni repasar cada acontecimiento político que condujo al ascenso de los Jemeres Rojos. Me interesa observar algo más específico e íntimo: cómo una niña de cinco años aprende a desaparecer sin que nadie se lo enseñe a hacerlo.
El día en que las reglas cambiaron
El 17 de abril de 1975, los Jemeres Rojos entraron en Phnom Penh.
Después de años de guerra, muchos habitantes de la capital camboyana pensaron que la llegada de los combatientes significaba el regreso de la paz. Aquella esperanza duró muy poco. En cuestión de horas, los soldados comenzaron a expulsar de la ciudad a aproximadamente dos millones de personas. Viviendas, escuelas y hospitales fueron vaciados a la fuerza. Familias enteras tuvieron que abandonar sus hogares y caminar hacia el campo con las pocas pertenencias que podían cargar. Ese fue el comienzo de una transformación radical del país.
Entre 1975 y 1979, el régimen sometió a la población a desplazamientos forzados, trabajo extremo, hambre, persecución y ejecuciones. Murieron cerca de dos millones de personas. La familia Ung quedó atrapada dentro de ese mundo.
El padre de Loung había estado vinculado al gobierno anterior. Su identidad podía condenarlo y poner en peligro a todos sus hijos. La familia tuvo que abandonar su vida urbana, ocultar su procedencia y aprender rápidamente las reglas de un sistema en el que una palabra incorrecta podía resultar fatal.
Loung tenía cinco años. No poseía entrenamiento. No tenía décadas de experiencia para comparar situaciones. No conocía teorías sobre conducta, supervivencia o evaluación de amenazas. No podía analizar el régimen, comprender completamente su ideología ni anticipar estratégicamente todo lo que estaba por ocurrir. Pero podía sentir miedo. En ese vacío de herramientas, el miedo comenzó a instruirla.
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El protector invisible
En ese momento, el miedo no necesitaba hablarle con oraciones completas.
No le explicaba quiénes eran aquellos hombres vestidos de negro ni le ofrecía una evaluación política del momento. No necesitaba hacerlo.
Sus instrucciones eran primitivas y precisas: no preguntes, no mires demasiado, no digas quién eres, no reveles quién es tu padre, no muestres lo que piensas. Haz lo que hacen los demás. Permanece cerca, pero no sobresalgas. Desaparece sin irte.
No podemos saber que cada una de estas ideas pasó exactamente por la mente de Loung de esa manera. Este ensayo no pretende atribuirle pensamientos que ella no haya expresado ni convertir su infancia en un experimento psicológico.
Más bien, es una lectura de la conducta que describe: una niña sin criterio adulto, pero con un sistema humano capaz de percibir cambios, to