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Todo empezó con un oso de peluche comprado en Harrods para el primer cumpleaños de un niño. Ese niño era Christopher Robin y su papá, el escritor A.A. Milne, terminó convirtiendo sus juguetes en los personajes más queridos de la literatura infantil. Los peluches originales todavía existen y hoy están en la Biblioteca Pública de Nueva York. Una historia que nos recuerda que algunos regalos valen mucho más de lo que imaginamos.