ESTRATEGIA EN JUEGO · 5 ago 2026 · 28:29
Escucha en la app Podli 🎧
Sigue tus pódcasts favoritos, escucha sin conexión y en el coche con CarPlay y Android Auto, y continúa siempre donde lo dejaste. Pruébala gratis.
Manitowoc, Wisconsin. Viernes, 9:47 de la noche, quince grados bajo cero afuera y el olor a amoniaco de la planta todavía metido en la chamarra.
Jesús —Chuy, para los que lo conocen, que en ese turno son puros paisanos de Michoacán y dos guatemaltecos que le dicen “míster” en broma— acaba de terminar su undécima hora deshuesando cerdo en una línea que no se detiene ni para que alguien se persigne. Se lava las manos tres veces porque nunca se sienten limpias del todo, se sube a una camioneta con otros cuatro y, antes de que el motor termine de calentar, ya tiene la app abierta con el pulgar. No necesita ver la pantalla para saber dónde tocar: lo ha hecho cerca de doscientas veces en los últimos cuatro años. Escribe 300. Dólares. Destino: una cuenta en Zamora, Michoacán, a nombre de Yolanda, su esposa. Confirma. La app le dice, con un check verde optimista que contrasta con todo lo demás en ese estacionamiento congelado, que el dinero estará disponible “en minutos”. Chuy no tiene número de seguro social que sea suyo de verdad, no tiene licencia de conducir en ese estado, no tiene —por diseño explícito del sistema migratorio estadounidense— ningún papel que lo acredite ante el gobierno de Wisconsin. Pero para al menos tres fintechs mexicanas y dos remesadoras internacionales, Chuy es exactamente lo que cualquier producto financiero sueña tener: un cliente recurrente, puntual, de bajísimo riesgo de impago porque el impago no es una opción moral disponible, y con un comportamiento transaccional más predecible que el de la mayoría de los empleados con nómina domiciliada que sí calificarían para un crédito.
Doce minutos después y 3,003 kilómetros al suroeste, en Zamora, a Yolanda le suena el celular con la notificación del depósito mientras revisa la tarea de la niña. No abre ninguna app de inversión. No lee ningún desglose de CAT. Hace, en su cabeza, en cuestión de segundos, algo que ningún modelo de scoring del sistema financiero mexicano registra en ningún campo de ningún formulario: reparte los 300 dólares. Un tercio para la renta de la semana. Otro tanto para la aportación de la tanda del jueves —la tanda, no la Afore, no la cuenta de ahorro programado que le ofreció alguna vez un promotor de banco que nunca volvió a aparecer—. El resto para lo que llama, sin ironía, “lo que se ofrezca”: la consulta del niño chico, el libro que pidieron en la escuela, el domingo que se les antojó comer algo que no fuera lo de siempre. Ese reparto mental, instantáneo y sin hoja de cálculo, es el Job to Be Done real de la remesa: no es ahorro, no es inversión, es manutención y resiliencia familiar entregada dos veces al mes con la puntualidad de una nómina que Chuy nunca podrá tener a su nombre.
Mientras tanto, en High Point, Carolina del Norte —la capital mundial del mueble, aunque nadie en México lo sepa—, Roberto Alanís, “Beto”, sí tiene papeles.
Lleva green card desde hace seis años, trabaja en el área de tapicería de una fábrica que exporta sillones a Canadá y a medio Estados Unidos, y su relación con las remesas es distinta en todo salvo en la frecuencia. Beto no manda dinero por sobrevivencia ajena: manda dinero por proyecto. Su mamá, doña Cande, vive sola en León, Guanajuato, y hace ocho meses le detectaron diabetes tipo 2 con una complicación en la vista que, en el sistema público del IMSS Bienestar, implica una lista de espera hasta diciembre del 2027 que Beto no está dispuesto a que su madre padezca. Beto manda 450 dólares cada quincena, más un extra cuando hay cita con el oftalmólogo particular.
No usa la misma app que Chuy —usa la que le recomendó su cuñado, que a su vez la usa porque “así la usamos todos en la familia”, frase que ningún equipo de producto en México ha escuchado directamente de un cliente real en los últimos doce meses, aunque debería ser la primera pregunta de cualquier investigación de usuario sobre remesas. Beto tiene, además, algo que Chuy no tiene y que el sistema financiero mexicano no ha terminado de entender qué hacer con ello: dos cuentas bancarias, un historial crediticio impecable en Estados Unidos, y una madre en Guanajuato que recibe dinero de forma tan puntual y tan predecible como cualquier pensionado del ISSSTE —pero a quien ningún banco mexicano le ha ofrecido jamás, ni una sola vez en seis años, un crédito basado en ese historial de recepción.
325 kilómetros al sureste de León, Guanajuato, en un piso 22 con vista a Reforma, el Comité de Estrategia de Remesas y Nuevos Segmentos —así, con nombre de iniciativa trimestral que alguien registró en un OKR antes de que existiera el producto— lleva cuarenta minutos de junta.
Preside Ignacio, el CEO, que abrió la sesión con la frase “las remesas son el nuevo oro digital”, frase que le escuchó a un ponente en un panel de fintech en Miami y que ha repetido en las últimas tres juntas con la misma convicción con la que un niño repite un dato de dinosaurios que memorizó ayer. A su lado, Renata, la CPO, tiene un dashboard —siempre hay un dashboard— con la tasa de captación de remesas del trimestre, que subió 4 puntos porcentuales, cifra que Ignacio celebra como si fuera un gol de chilena en el último minuto del segundo tiempo extra. Nadie en la sala ha preguntado, en cuarenta minutos, qué pasa con ese dinero cuarenta y ocho horas después de que llega. Bruno, el Head of Growth, todavía no termina de contar los likes de la foto que acaba de subir a Instagram, en la que aparece con toga, birrete y su flamante nuevo diploma del IPADE, cuando presenta un slide con el logo de la competencia tachado y la palabra «disrupción» escrita en Comic Sans. Él sonríe, satisfecho con la supuesta sofisticación de la broma. Nadie más lo hace. Paola, la Head of Data, es la única que hace la pregunta incómoda: “¿Sabemos qué porcentaje de los receptores deja el dinero más de dos días en la cuenta?” Silencio. Alguien anota la pregunta en
Episodios: ESTRATEGIA EN JUEGO