ESTRATEGIA EN JUEGO · 19 may 2026 · 26:36
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Doña Esperanza Vázquez lleva quince años siendo la mejor clienta que Banco Compartamos tiene en Iztapalapa. Quince años sin fallar un solo pago. Quince años asistiendo puntual cada lunes a la reunión de su grupo solidario — doce vecinas apretadas en la sala de una casa con piso de cemento, un funcionario de campo que revisa libretas y recoge sobres con la solemnidad del monaguillo que recolecta las limonas en misa de viernes Santo, y la promesa colectiva de que si alguien falla, todas responden. Compartamos llama a esto «inclusión financiera con sentido humano». Las vecinas lo llaman “la junta del lunes” y procuran no faltar aunque llueva.
Ha recibido más de veinte créditos sucesivos. Los montos fueron escalando de cinco mil a treinta mil pesos — cada renovación, un reconocimiento tácito de que Doña Esperanza es exactamente el tipo de cliente que el sistema debería recompensar. Y hoy, en mayo de 2026, quince años después del primer crédito, sigue vendiendo elotes en el mismo puesto de Chimalhuacán que tenía en 2011. El puesto está mejor surtido. El modelo de negocio es el mismo.
El crédito funcionó. Le ayudó a surtirse antes del invierno. Le permitió pasar el Covid sin vender el refrigerador. Le dio liquidez cuando su hijo necesitó medicamentos. Eso no es poco — es, en rigor, exactamente lo que el microcrédito hace bien y lo que la evidencia confirma que hace: amortigua choques, protege el patrimonio, suaviza la volatilidad de una economía que vive al filo de la quincena.
El problema no es que el microcrédito no funcione. El problema es la historia que la industria construyó alrededor de lo que hace.
Durante tres décadas, el sector microfinanciero perfeccionó un arte que cualquier consultor de comunicación corporativa envidiaría: decir una cosa, insinuar otra, y cobrar por ambas. El crédito grupal no era un producto financiero — era una palanca de movilidad económica. El puesto de elotes no era un puesto de elotes — era el embrión de una PyME. La PyME contrataría empleados. Los empleados pagarían impuestos. Y un crédito de treinta mil pesos con tasa de interés de 90% anual, pagadero en cuotas semanales bajo presión de grupo, era el eslabón civilizador que separaba a Doña Esperanza de llegar a ser ponente en el Foro Económico Mundial. Solo faltaba tiempo. Y renovaciones.
Lo dijeron en Davos con corbata. Lo dijeron en el Premio Nobel de 2006 con lágrimas genuinas. Lo dijeron en cada conferencia de inclusión financiera que ha existido entre Monterrey y Mumbai, ante públicos que aplaudieron de pie porque la historia era hermosa y nadie había traído los datos. Lo dijeron con powerpoints de alta producción, con fotos de clientas sonrientes sosteniendo sus primeros billetes, con métricas de alcance que medían cuánta gente recibió el crédito — nunca qué le pasó después. Lo dijeron tan seguido, con tanta convicción y tanto presupuesto de comunicación, que en algún punto dejó de importar si era verdad. La narrativa tenía mejor IMOR que la cartera.
Es la misma táctica, aplicada con distintos logotipos, de todos los que llevan años diciéndonos: “Nosotros no somos iguales.” Frase que, en el sector financiero mexicano, funciona como señal de que probablemente sí lo son — solo que con mejor diseño de diapositivas.
Los datos, mientras tanto, esperaban en una revista académica que nadie en Davos había leído.
Los datos — no los de Compartamos, sino los de los economistas que midieron el impacto con experimentos controlados — dicen que esa cadena no lleva a donde la narrativa prometió. La pregunta para el CPO, el CEO o el director de crédito que gestiona un portafolio de microcrédito en México no es si el modelo es rentable — claramente lo es. La pregunta es más incómoda: ¿qué producto estamos vendiendo realmente, y a quién le hemos estado contando que es otro?
El modelo más rentable de México — y el más estudiado
Gentera, la controladora de Banco Compartamos, cerró 2025 con números que cualquier institución financiera enmarcaría en la sala de juntas. Cartera consolidada de 93,599 millones de pesos, un crecimiento de 13.1% respecto al año anterior. Utilidad neta de 8,520 millones de pesos, un incremento de 36.8%. ROE de 26% en el período. IMOR de 3.8%, un nivel que la mayoría de la banca de consumo tradicional envidiaría. Y un récord de 6.5 millones de personas atendidas entre México y Perú — la mayoría mujeres, la mayoría en la base de la pirámide económica.
Banco Compartamos México operó con un portafolio de 61,887 millones de pesos a cierre de año, con un crecimiento de 15.9%. El margen de interés neto alcanzó 42.2% en el tercer trimestre de 2025 — una cifra que refleja la enorme distancia entre el costo de fondeo de la institución (9.1% en 2025) y la tasa activa que cobra al cliente final, que el mercado estima entre 70% y 110% anual.
La concentración del mercado es igualmente ilustrativa. Según los Indicadores Básicos de Microcrédito de Banxico (publicación febrero de 2024, datos a junio de 2023), el Índice Herfindahl-Hirschman del mercado de microcrédito regulado en México es de 9,304 — el más alto de todos los segmentos de crédito al consumo — con un CR2 de 98.8%. En la práctica: dos instituciones controlan casi todo el mercado regulado de microcrédito en México, y Compartamos es, por mucho, la más grande.
Estos números no son accidentales. Son el resultado de décadas de construcción de infraestructura de campo que ningún competidor ha podido replicar a escala: una red de promotoras que visitan comunidades, construyen confianza relacional, y ejecutan la disciplina de grupo solidario con una operación que tiene más en común con la logística de campo que con la tecnología financiera. Como señala Porter en su análisis de barreras de entrada: las ventajas de escala no siempre provienen del capital — a veces provienen del tiempo y de la presencia territorial acumulada. Compartamos
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