Estar agobiado por las deudas puede llenar de preocupación la vida familiar. Una reflexión cristiana sobre los hábitos económicos, las deudas ocultas, la responsabilidad al pedir prestado y la compasión hacia quien atraviesa una dificultad real para pagar.¿Conoce usted personas que se acuestan pensando a quién tienen que pagarle y se levantan preguntándose de dónde van a sacar la plata? ¿Personas que deben en varios lugares y que, además de cargar con las deudas, cargan con el miedo de que su familia se entere?Quizá no necesita pensar en alguien más. Quizá usted está leyendo y diciendo: «José, ese soy yo. Mi esposa no sabe. Mi esposo no sabe. He intentado resolverlo por mi cuenta y cada vez estoy más metido».Hoy quiero hablarle con seriedad, pero también con esperanza. Hay decisiones que necesitamos reconocer, hábitos que debemos corregir y conversaciones que no conviene seguir aplazando.Y también quiero hablarle a quien presta. Porque en esta historia no solamente importa lo que hace el que recibe el dinero. Importa la manera como tratamos a una persona que está pasando necesidad.La economía de una familia incluye mucho más que cuentas: allí también se expresan la confianza, la honestidad, el cuidado mutuo y nuestra manera de vivir la fe.
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