Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda · 27 sept 2026 · 7:15
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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez en un pueblo en las montañas rodeado de colinas verdes, un sendero secreto que había sido olvidado hace muchos cientos de años y que se encontraba cubierto de musgo. Este sendero llevaba al Bosque de Cristal. Este sendero No era un lugar común y solo unos pocos lo conocían. Se decía que solo los seres de alma buena y pura podían encontrarlo y aventurarse a recorrerlos. El sendero se decía recorría robles centenarios donde no solo cantaban los mirlos, sino que las sombras brillaban con destellos dorados y azulados. Decían los viejos que sus abuelos les habían contado alguna vez que en ese bosque encantado de cristal vivían las mariposas mágicas, guardianas de la luz del amanecer.
Cerca de una de las salidas de aquel pueblo vivía Elena, una niña curiosa de ojos despiertos que siempre llevaba en el bolsillo una libreta pequeña y un lápiz de madera para dibujar las formas de las nubes y las hojas que encontraba a su paso. Elena había escuchado hablar de las mariposas mágicas, pero los mayores decían que solo se dejaban ver por quienes sabían escuchar con el corazón en silencio.
Una tarde de brisa suave, mientras seguía el rastro de una pluma tornasolada que había visto caer desde lo alto de una de las nubes que ella quería pintar, Elena se fue alejando de su pueblo y se vio sin saber cómo en aquel sendero de musgo que casi todos desconocían. Después de recorrerlo lentamente Elena cruzó el arco natural de sauces que marcaba el inicio del bosque encantado de cristal. El aire olía a menta fresca y a jazmín silvestre. De pronto, la luz del sol pareció romperse en mil fragmentos diminutos como si millones de diamantes la rodearan y de pronto comenzó a oír un sonido extraño. Como si una brisa de la montaña se hubiera partido en mil pedasos. Y allí las vio. A su alrededor comenzaron a revolotear cientos de mariposas, cada una con alas que parecían hechas de cristal pulido. Unas brillaban con el resplandor de las brasas cálidas, otras tenían destellos de cielo estrellado, y al batir sus alas dejaban una estela de suave polvillo luminoso que hacía sonar campanillas en el aire.
En el centro de aquel bosque elena vio un claro que tenía en el centro una fuente de agua saltarina. Y allí junto a la fuente había descansaba el Árbol Madre, cuyas raíces abrazaban la fuente de agua clara. Sin embargo, en una de sus ramas más altas, Elena vio a una mariposa diferente: era diminuta, con alas plateadas que apenas emitían un tímido titileo. Sus alas pesaban tanto que no podía alzar el vuelo, y una sombra gris comenzaba a extenderse por las hojas del gran árbol.
Elena se acercó despacio, cuidando de no quebrar una sola ramita seca. Se sentó sobre las raíces y extendió su mano abierta.
—No tengas miedo —susurró con calma—. ¿Qué te apaga la luz?
La pequeña mariposa plateada, llamada Luma, descendió temblorosa hasta posarse sobre la palma de Elena. Con un murmullo que sonaba como el roce del viento en la hierba, Luma le explicó que el bosque florecía gracias a las canciones y risas de los niños, pero hacía mucho tiempo que nadie entraba a compartir una historia, y el peso del olvido estaba enfriando sus alas.
Elena comprendió de inmediato. Abrió su libreta donde dibujaba y escribía los cuentos que su abuelo le contaba y comenzó a buscar frenéticamente una historia para narrar. Y la encontró y comenzó a dibujar en voz alta una historia sobre valientes navegantes que surcaban los mares buscando seres extraños que nadie había visto pero que vivían más allá del límite del mundo. Así describió lo que su abuelo le contó que en ese límite había ríos que cantaban y montañas que tocaban el cielo. Su voz llenó el claro de calidez y los árboles se sentaron a escuchar aquella niña mientras que cada una de las mariposas se asentaban en las ramas enamoradas de la voz dulce de aquella narradora que les ofrecía la emoción sincera de quien ama imaginar.
A medida que las palabras fluían, el polvillo plateado de Luma cobró un brillo intenso y vivo. Las demás mariposas rodearon a Elena formando una espiral de colores que iluminó cada rincón del follaje. Luma extendió sus alas renovadas y se elevó, trazando un lazo de luz pura sobre la copa del Árbol Madre, cuyas hojas volvieron a resplandecer con un verde esmeralda deslumbrante.
Antes de que cayera la noche, las mariposas guiaron a Elena suavemente de regreso al sendero de musgo, y Luma rozó su mejilla con una caricia tibia y dejó sobre su libreta una diminuta estrella de luz plateada que jamás se apagó.
Desde aquel día, Elena volvía cada semana al Bosque de Cristal, sabiendo que mientras existieran historias para contar y oídos atentos para escuchar, la magia de las mariposas nunca dejaría de brillar.
Episodios: Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda