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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

799. El amor en la tierra

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda · 28 sept 2026 · 8:19

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez un hombre llamado Julián que habia decidido recorrer el mundo con la mirada clavada en la línea distante del horizonte. Desde muy joven se había convencido de que todo lo que valía la pena en la existencia habitaba en las alturas: en el fulgor inalcanzable de las estrellas de invierno, en el vuelo solitario de las águilas que desafían los riscos y en las cumbres nevadas donde el aire es tan fino que quema los pulmones. Para Julián, el amor y la verdad eran dones celestes, misterios que exigían la elevación del espíritu y el desdén por lo mundano.

Caminaba siempre erguido, con el mentón alzado, devorando leguas sin detenerse. En su marcha apresurada, sus botas de cuero gastado aplastaban sin piedad la hierba silvestre, las diminutas violetas que nacían entre las grietas de los caminos y los insectos laboriosos que acarreaban briznas de trigo. Javier Despreciaba el polvo del camino que se le adhería a los tobillos;  y consideraba la tierra vulgar,ya que no le permitía saltar hasta las nubes

En cada aldea que cruzaba, las muchachas del valle le ofrecían cantimploras de agua fresca o panes de centeno recién horneados, pero Julián apenas agradecía con una inclinación distante de cabeza y seguía caminando como si ninguna de ellas existiera. ¿Cómo iba a detenerse en un callejon de aquel pueblo si en la próxima cordillera lo aguardaba un destino más luminoso?

Pasaron los veranos y los otoños con la velocidad de un cuando pasa por los pueblos. Julián escaló desfiladeros temibles, cruzó mesetas barridas por vientos cortantes y durmió a la intemperie en cimas solitarias, abrazado a su propia manta para no morir congelado. Sin embargo, en ninguna de aquellas cumbres halló lo que buscaba. Allí arriba no había revelaciones sublimes, sino un silencio gélido, pétreo y desolador. Con cada nuevo pico conquistado, el pecho se le volvía más hueco ya nadie le daba el saludo y en las noches estrelladas no había nadie que le sostuviera  su mano. 

Una tarde, mientras intentaba alcanzar una cresta escarpada envuelta en neblina, una ventisca feroz lo sorprendió en la ladera. El viento rugió con furia de tormenta, arrancándole el bastón con el cual caminabay esto llevo a que desestabilizara su andar. Julián resbaló por una pendiente de piedras sueltas ya que no las vio en el camino por mirar siempre hacia arriba. Finalmente rodó barranco abajo hasta terminar en un claro escondido de un valle espeso, cubierto de sombra y helechos gigantes.

Aquel hombre altivo que siempre miraba hacia arriba se encontra allí en el fondo de un cañon totalmente magullado, exhausto y quebrantado en su orgullo. Ya no le quedaban fuerzas para mirar al cielo ni ánimo para ponerse en pie. Cayó de bruces, rindiéndose por fin al peso de la gravedad, y hundió el rostro en el musgo tibio del suelo del bosque. Olía a lluvia reciente, a hojas en descomposición y a madera vieja. Por primera vez en la vida, no intentó huir de la tierra que pisaba.

Al abrir los ojos, manchados de polvo y lágrimas, la vio.

Estaba arrodillada a escasos palmos de él, entre dos raíces añosas cubiertas de musgo aterciopelado. Tenía las manos hundidas en la tierra fértil, cuidando el brote diminuto de una enredadera que apenas asomaba dos hojas tiernas. Sus cabellos eran del color de la corteza de los arboles y en su rostro había pequeñas pecas como semillas esparcidas por el viento. Vestía una túnica de lino basto, teñida con los tonos del color de la  arcilla y el ocre de las hojas secas.

No era una ninfa del aire ni una criatura celestial forjada en luz de estrellas. Era una mujer de carne, y mirada profunda. La cual transmitía una paciencia infinita. Sus ojos, profundos y serenos como un pozo de agua limpia, lo miraban sin reproche, con la calma de quien ha visto a la semilla romperse en la oscuridad antes de regalar una sola flor. El creyó reconocerla pero ella entendiendo la confusión le explico. 

Si me has visto en el pueblo cercano, pero siempre pasabas tan rápido que nunca dejabas que nadie te saludara o se acercara a ti.  Su voz sonaba al rumor producido por el agua corriendo entre guijarros—. Ella le dijo entre dulcemente.  Tus botas hacían vibrar la tierra mucho antes de que tus sombras cruzaran las huellas de nuestro lugar camino. Así nunca podrías saber que existiamos

Julián intentó hablar, pero se sintió ahogado. Se dio cuenta de que no había sido el terreno lo que le impedía verla, sino su propia ceguera. Se arrastró con dificultad hacia ella y posó las palmas de sus manos abiertas sobre su regazo. a. El frío de su orgullo empezó a derretirse en ese instante, dejando al descubierto una soledad acumulada durante años de búsquedas vacías. Era una sencilla mujer pero su mirada y su voz le recordaban el calor suave de la naturaleza. 

Comprendió de golpe que para encontrarla no había necesidad de cruzar continentes ni escalar cordilleras inaccesibles. La distancia que los separaba en ese momento no se podía medir en pasos sino en sentimientos, se había alejado del amor por los prejuicios que había edificado, en la vanidad de sus certezas y en la dura coraza con que había protegido sus propias inseguridades.

Julián la miró a los ojos y murmuró con el corazón desarmado:

—Lo siento mucho ignore que estabas sobre la superficie de la tierra y ahora que te tengo junto a mi se que tuve que cavar en lo más profundo de mi alma para finalmente verte y amarte

Ella sonrió con la ternura de la primavera que descongela los ríos y le cubrió las manos con las suyas. En ese contacto, Julián aprendió que el amor verdadero no consiste en perseguir el viento en las alturas desiertas, sino en echar raíces hondas, aceptar el peso sag

Episodios: Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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