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La Cabina de Emma

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Xenía

La Cabina de Emma · 29 sept 2026 · 6:12

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Todos hemos sido el que llega.

El primer día en un trabajo nuevo, cuando no sabes ni en dónde se guarda el café. La mudanza a una ciudad en donde no conoces a nadie. La comida familiar del otro, en donde eres el que sobra en la mesa.

Y en esos días uno se acuerda perfecto de quién se acercó primero.

A eso se le llama xenía. Viene de xénos, que quiere decir extranjero y también quiere decir huésped. Para los griegos era la misma palabra.

El desconocido ya era, por solo el hecho de llegar, alguien a quien se le recibe. No era por buena educación, era un asunto sagrado. Zeus cargaba con un sobrenombre por eso: el que protege al que llega.

En la Odisea, Odiseo aparece en una playa después de un naufragio. Sin barco, sin ropa, sin ninguno de sus hombres. Es el rey de Ítaca y ahí no es nadie.

Se encuentra con Nausícaa, que lo manda a bañar, lo viste y lo lleva a casa de su padre. Ahí lo sientan y le dan de comer. Pasan dos cantos enteros antes de que alguien le pregunte cómo se llama.

Ese es el orden. Primero se recibía y después se le preguntaba el nombre.

Puesto del otro lado significa algo bastante grande. Te daban de comer antes de saber si valías la pena.

Hoy el que llega hace lo contrario. Se explica primero. Cuenta a qué se dedica, de parte de quién viene, con quién trabajó, cuánto se va a quedar. Entrega sus credenciales en la puerta y ahí se decide cómo se le va a tratar.

La verdad, eso cansa. Cansa llegar a un lugar y tener que ganarse el derecho a estar cómodo.

Yo me acuerdo de gente que me recibió bien cuando no tenía nada que ofrecerles, y estoy seguro de que ellos ya ni se acuerdan.

Eso es lo raro de la xenía.

El que te recibe hace algo chico, y el que llega se lo guarda por años.

Creo que ofrecer hospitalidad sin ningún interés sí existe, aunque creo que cada vez es menos común. Creo que en el mundo en el que vivimos, donde muchas relaciones se han vuelto bastante transaccionales —qué me das a cambio de qué, qué gano yo, etcétera—, justamente por esa razón, cuando alguien tiene un gesto genuino, sin esperar nada a cambio, se nota muchísimo y se nos hace tan fuera de lo común.

Entonces también creo que hay que ser realistas. Casi siempre existe algún tipo de beneficio, aunque no necesariamente sea económico. Y yo lo veo de repente al caminar en la calle y que saludas a un vecino, y luego muchas veces hasta se extraña, porque aunque no los conoces, es un tema de hospitalidad, de hacer sentir bien a la otra persona en una mañana, y de igual forma tú te quedas con eso.

Para mí la diferencia está en la intención. Si haces algo únicamente esperando que la otra persona te lo regrese, eso ya no es hospitalidad, es un intercambio. Y creo que la hospitalidad de verdad aparece cuando haces sentir bien a alguien aunque no tengas la certeza de recibir nada, nada en lo absoluto, a cambio.

Para mí hospitalidad es hacer sentir bien a alguien sin que lo tenga que pedir. Es estar atento, entender qué necesita la otra persona, hacerle sentir que realmente importa. No creo que solamente sea algo relacionado con trabajar en un hotel, un restaurante o alguna empresa de servicio en la que le des atención a un cliente. Para mí es una forma de tratar a la gente, desde recibirla en tu casa hasta cuando atiendes a un cliente o cómo haces sentir a alguien que trabaja contigo.

Creo que la verdadera hospitalidad está hecha más de los detalles que de las grandes cosas. En saber escuchar, en anticiparte, en dedicarle tiempo a la gente, en ser generoso en ese sentido y hacer que la otra persona se sienta cómoda y bienvenida.

Los griegos sabían que nadie es anfitrión para siempre. El que hoy tiene la casa, mañana es el que llega cansado a una puerta ajena.

Por eso el que recibía no lo hacía por bueno. Lo hacía porque sabía que le podía tocar.

Y hoy tenemos hoteles y teléfono, pero sigue habiendo gente llegando. Todos ellos están donde alguna vez estuvimos nosotros.

Hoy quiero que te acuerdes de la última vez que llegaste a un lugar donde no conocías a nadie. Y de quién se acercó.

Esa persona seguramente ni se acuerda de ti.

Tú sí.

Y tú, ¿ya sabes quién eres?

Emmanuel Hermosillo

Vender despierto

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