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La punta del monumento a Washington guarda un detalle que hoy parece corriente. Su historia explica cómo el aluminio pasó de costar como la plata a formar parte de nuestras cocinas.
En lo alto del monumento a Washington hay un pequeño lujo del siglo XIX. No es oro, es aluminio. Sí, el material con el que hoy envolvemos un bocadillo, en 1884 colocaron una pequeña pirámide de aluminio en la punta del obelisco. Entonces costaba aproximadamente lo mismo que la plata. Y aquí está la paradoja. El aluminio es el metal más abundante de la corteza terrestre. Había muchísimo, pero separarlo de los minerales resultaba dificilísimo y caro. La pirámide también tenía un trabajo, formar parte del pararrayos. Solo dos años después, dos inventores, uno en Estados Unidos y otro en Francia, desarrollaron por separado un método eléctrico que permitiría abaratar su producción. Con el tiempo, aquel metal pasó de rematar un monumento a llenar nuestras cocinas. El aluminio no se volvió más abundante. Aprendimos a sacarlo.