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En los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912, un maratonista japonés abandonó la carrera y se fue a casa sin avisarle a nadie. Lo dieron por desaparecido durante décadas. Cincuenta y cinco años después, Suecia lo encontró y lo invitó a cruzar la meta: su tiempo oficial quedó registrado en 54 años, 8 meses, 6 días, 5 horas, 32 minutos y 20 segundos. La historia de Shizo Kanakuri, el padre del maratón japonés, es una de las más insólitas del deporte olímpico.