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El 2 de septiembre de 1752, los británicos se fueron a dormir y despertaron 11 días después. No fue magia ni ciencia ficción: fue una decisión política que hizo desaparecer del calendario los días 3 al 13 de septiembre. La razón detrás es tan absurda como fascinante: puro orgullo religioso. Una historia que nos recuerda hasta dónde puede llegar la resistencia al cambio.