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ESTRATEGIA EN JUEGO

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Banca Premium: lo que el cliente afluente realmente compra. (Parte 1 de 2)

ESTRATEGIA EN JUEGO · 28 sept 2026 · 26:48

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En México hay una frase que delata al prepotente antes de que termine de pronunciarla: «¿Usted no sabe quién soy yo?». La pronuncia el señor que se estaciona en doble fila frente a la escuela y el funcionario que descubre que el retén también aplica para él. Y es, al mismo tiempo, la mejor definición de lo que el cliente Premium le pide a su banco, con una diferencia que lo cambia todo: el buen cliente Premium jamás la dice en voz alta. Solo espera que el banco la conteste sin que nadie tenga que preguntarla.

Este artículo sostiene una tesis incómoda para cualquier banco que esté diseñando su «línea Premium»: el cliente afluente no compra una tasa más baja, ni una tarjeta de metal, ni una sala VIP. Compra tiempo, certidumbre, reconocimiento y delegación de complejidad para resolver trabajos que casi siempre son familiares. Y ya no se cambia de banco: suma uno. La pregunta competitiva dejó de ser cómo arrebatarle de raíz la cuenta al incumbente. Ahora es qué trabajo ganar primero para ocupar el segundo lugar de su cartera y, eventualmente, convertirse en el primer lugar.

Tres escenas, un mismo martes de septiembre.

Santa Fe, Ciudad de México, 10:12 de la mañana. Daniela Ochoa es directora de finanzas de una farmacéutica mediana, tiene once años con el mismo banco, una tarjeta Infinite de metal que pesa lo mismo que un encendedor de metal Zippo. Esa mañana su papá entró a urgencias en un hospital privado y alguien de admisión le explicó que, antes de subir a piso, hay que cubrir el deducible y el coaseguro. Daniela marca a la línea exclusiva que viene impresa, en letras doradas, en el reverso de su tarjeta. Le piden los dieciséis dígitos, la fecha de nacimiento y su nombre completo. La transfieren. La nueva voz le pide los dieciséis dígitos. Su ejecutivo asignado —el cuarto en tres años; rotan con la frecuencia de los técnicos del Cruz Azul— está de vacaciones, pero con gusto la atiende alguien del equipo. El equipo le pide que le cuente desde el principio. Daniela cuenta desde el principio por tercera vez. A los treinta y ocho minutos de llamada, parada en un pasillo que huele a alcohol en gel, Daniela entiende por primera vez en su vida a la gente que dice «¿usted no sabe quién soy yo?». No estaban exigiendo privilegios. Estaban exigiendo memoria.

Celaya, Guanajuato, 12:40. Rogelio Tamayo heredó de su abuela una receta de cajeta y la convirtió en tres plantas industriales, 140 empleados y un distribuidor en San Antonio, Texas, que la vende como artisanal al triple de precio. Factura ocho cifras al año, paga su tarjeta el día del corte y nunca ha tenido un atraso en nada que no sea la misa de doce. Esa semana se enteró de que los herederos de su competidor más antiguo quieren vender la planta antes del viernes. Rogelio fue a la banca patrimonial de un banco grande en León. La ejecutiva, impecable, le pidió sus recibos de nómina de los últimos tres meses. Rogelio le explicó, con toda la paciencia del Bajío, que él firma 140 recibos de nómina cada semana. «¿Y quién le firma el suyo?», preguntó ella. «Pues… yo», dijo Rogelio. «Ah, entonces no tiene», concluyó la ejecutiva, con la serenidad de quien acaba de resolver un caso. En el sistema del banco, la empresa de Rogelio es «PyME» y la persona de Rogelio es «masivo». En ninguna de las dos pantallas es Premium. El viernes, Rogelio consiguió el dinero con su cuñado, en una carne asada, a cambio de algo mucho más caro que una tasa: tener que escucharlo opinar sobre la planta en cada cumpleaños durante los próximos veinte años.

En algún chat corporativo, 17:05. Un banco mediano con sueños de grandeza acaba de regresar de São Paulo. Federico, director del nuevo segmento; Camila, la PM, y Ernesto, de riesgo y pricing, pasaron cuatro días estudiando cómo Itaú construyó Personnalité, la submarca que este año cumple treinta. El reporte del viaje tiene 142 láminas, 214 fotografías de sillones de lounge y cero entrevistas con clientes. La conclusión ejecutiva cabe en una línea: «Tarjeta de metal de 18 gramos, salas VIP en aeropuertos y la palabra Premium en todos los productos». En el canal de Slack del proyecto, la votación sobre el acabado del plástico —negro mate o negro brillante— lleva 47 reacciones. Ernesto escribe la única pregunta pertinente de la tarde: «¿Alguien sabe cuántos de nuestros clientes ya son Premium?». Nadie contesta. Once minutos después, Federico responde con un audio de dos minutos que se resume en una frase: «Si hacemos lo mismo que Banamex y no funciona, nadie nos va a reclamar. Si inventamos algo y no funciona, nos corren». Camila le pone un pulgar arriba. Ernesto deja de escribir. El negro mate gana por tres votos.

Daniela no va a cerrar su cuenta: once años de domiciliaciones, nómina y una línea de crédito que costó construir pesan más que treinta y ocho minutos de espera. Rogelio tampoco se va a ir de su banco: ahí están los pagos de sus 140 empleados. Pero ambos sumarían, mañana mismo, un segundo banco que les resolviera un solo trabajo: a Daniela, el deducible de su papá sin tener que contarle su vida a un desconocido; a Rogelio, la planta del competidor sin pedirle permiso a su cuñado. Y el banco de Federico, que tiene a varios Rogelios en su base sin saberlo, está a punto de ofrecerles un plástico más pesado.

Este análisis se publica en dos entregas: hoy, el cliente —qué compra y por qué—; en la siguiente, la línea —cómo se construye, en qué orden y con qué equipo—.

El segundo lugar de la cartera

El dato que debería abrir cualquier discusión sobre banca Premium no es mexicano, pero describe lo que Daniela y Rogelio ya hacen. Según el World Wealth Report 2026 de Capgemini (4 de junio de 2026), solo 19% de los inversionistas de alto patrimonio del mundo trabaja hoy con una sola firma, frente a 39% en 2019, y 88% declara trabajar c

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