MESCO's Layers and Lines · 11 dic 2025 · 10:15
Escucha en la app Podli 🎧
Sigue tus pódcasts favoritos, escucha sin conexión y en el coche con CarPlay y Android Auto, y continúa siempre donde lo dejaste. Pruébala gratis.
Hoy quiero hablar de una de mis semanas favoritas del año. Una semana que espero con una mezcla de entusiasmo infantil y concentración casi ritual. Hablo, por supuesto, de Art Week Miami 2025.
Para mucha gente, Art Week es una maratón. Ferias, fiestas, inauguraciones, tráfico imposible, compromisos sin fin. Pero para mí es otra cosa. Es un espacio de acceso privilegiado. Una ventana íntima y poderosa hacia el pulso real del arte contemporáneo.
Lo que más disfruto —y lo que vuelvo a buscar año tras año— es esa posibilidad única de entrar en las colecciones privadas más importantes de la ciudad, conversar con galeristas que llegan desde todos los continentes, escuchar a curadores que expanden los límites del pensamiento visual… y, sobre todo, encontrarme con otros artistas. Escuchar sus procesos, compartir dudas, silencios, certezas. Art Week es mi laboratorio. Es mi campo de estudio. Mi escenario anual de revelaciones.
Y esta edición estuvo llena de momentos que, lo sé, van a quedarse conmigo por mucho tiempo.
1. La Colección Margulies: el impacto emocional de Anselm Kiefer
Mi primera parada, como muchos años, fue la Colección Margulies en Wynwood. Y aunque esta temporada presentaba un recorrido impecable por el Pop Art —Chamberlain, Johns, Lichtenstein, Rosenquist, Segal, Warhol, Wesselmann— y una sección fascinante de arte italiano, hubo algo que me atravesó de una manera muy particular: la presencia monumental de Anselm Kiefer
.
Kiefer, nacido en 1945, creció en una Alemania todavía envuelta en los escombros simbólicos y físicos de la Segunda Guerra Mundial. Su obra, como muchos saben, es un territorio donde conviven trauma, historia, identidad fracturada y una pregunta insistente: ¿cómo se reconstruye un imaginario después de la destrucción?
La Colección Margulies alberga el conjunto más grande de obras de Kiefer en los Estados Unidos. Y caminar hacia su instalación Geheimnis der Farne —The Secret of the Ferns— fue entrar en un espacio liminal. Un espacio donde parecía que la materia respiraba.
Me encontré frente a un bloque gigantesco de concreto cargado de carbón, rodeado de helechos preservados que casi suspendían el tiempo. Y ahí, frente a esa masa densa y silenciosa, sentí algo que pocas obras provocan: la conciencia de mi propia pequeñez frente a una historia inmensa. Pero también una fuerza interna, una vitalidad que a veces se adormece en lo cotidiano.
Kiefer tiene ese poder extraño: comprime pasado, presente y futuro en un solo golpe visual. Nos recuerda que la memoria no es algo que simplemente observamos; es algo que nos toca, nos atraviesa, nos exige.
Salir de esa sala fue como salir de un templo. Uno hecho de cenizas, de concreto, de plantas muertas… pero también de revelaciones.
2. El Espacio 23: territorio como cuerpo, mito y comunidad
Mi segunda parada fue El Espacio 23. Allí se presenta la exposición A World Far Away
, Nearby and Invisible, una interpretación profundamente poética del concepto de territorio.
La curaduría —a cargo de Claudia Segura Campins, Patricia M. Hanna y Anelys Alvarez— construye un tejido narrativo que convierte cada sala en un territorio emocional.
La exposición se divide en cuatro capítulos: territorio como sustancia, como memoria, como mito, como visión compartida. Y lo que más me impactó es que no intenta definir territorio. Lo expande. Lo vuelve un organismo vivo. Un espacio que respira, que se desplaza, que acoge… y que también hiere.
Las obras de la Jorge M. Pérez Collection conversan entre sí como capas superpuestas de un mismo mapa. Hay fragilidad, fuerza, política, herencia, cartografía. Y un diálogo constante entre lo que vemos y lo que recordamos.
Lo más revelador fue entender el territorio como performance: cómo lo caminamos, cómo lo nombramos, cómo lo creemos poseer… y cómo nos transforma. En un mundo marcado por desplazamientos, fronteras y búsquedas de pertenencia, esta exposición se siente urgente. Y profundamente humana.
Salir de El Espacio 23 fue como regresar de un viaje largo. Una no vuelve igual.
3. Meridians en Art Basel: el corazón curatorial de la feria
Este año, Meridians volvió a ser, sin duda, el corazón curatorial de Art Basel Miami Beach. Bajo la curaduría de Yasmil Raymond, y con el tema The Shape of Time, esta sección reunió proyectos de gran escala que desafían los límites físicos, conceptuales y temporales del arte contemporáneo.
Lo que me encanta de Meridians es que no entras a “ver” arte. Entras a habitar el arte. A cruzarlo. A permitir que su escala te obligue a usar el cuerpo como parte de la experiencia. Y ahí, en ese territorio entre lo físico y lo reflexivo, es donde las conversaciones con los galeristas se vuelven oro puro.
Tuve una conversación particularmente reveladora con el representante de la galería Fellowship sobre la obra de Holly Herndon y Mat Dryhurst. Y fue fascinante. Él me explicó cómo estos artistas, además de tener un background sólido en música experimental, son verdaderos especialistas en tecnología. Ellos se definen como “artistas de protocolo”, porque no solo producen obras: crean sistemas, marcos éticos y estructuras técnicas como parte del mismo gesto artístico.
Su pensamiento gira en torno a una idea muy poderosa:cómo enfrentarnos al modelo extractivista de la inteligencia artificial y construir alternativas más humanas, más consentidas, más colaborativas.
Me quedó grabada una frase del galerista:“Lo que ellos hacen es inventar maneras de existir en un contexto de medios infinitos.”
Esa idea —medios infinitos— me pareció brutal. Y profundamente contemporánea.Y mientras hablábamos, pensé mucho en esta convergencia inevitable entre arte, tecnología y étic
Episodios: MESCO's Layers and Lines