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En el verano de 1858, el Támesis se convirtió en una enorme cloaca a cielo abierto. El calor hizo el resto: el olor era tan brutal que llegó hasta el Parlamento y obligó a los políticos a tomarse en serio un problema que llevaban años dejando para después. Lo que ocurrió aquel verano acabó impulsando una de las mayores transformaciones sanitarias de la historia de Londres.