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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

796. Encuentro Celestial

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda · 21 sept 2026 · 7:50

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez un hombre llamado Tomás que, tras setenta y cuatro años de lidiar con el mundo, los achaques de la espalda cerró los ojos por última vez un martes de otoño. No hubo agonía ni drama; simplemente suspiró con alivio, entregó el equipaje de este mundo y partió a otro lugar más allá de lo conocido.

Cuando abrio sus ojos se encontró flotando con una ligereza inaudita. Para su sorpresas ahora sus rodillas no crujían como usualmente lo hacían, además  No le dolía la espalda y aquella molestia permanente en su estomago había desaparecido. Tomas se veía sentado plácidamente sobre una nube tibia que parecía de lana recién peinada, con los pies colgando sobre un horizonte de tonos dorados y violetas. Para adicionar a su placer no había tráfico de fondo, ni alarmas sonando a todas horas, tampoco había reproches sobre la tapa del inodoro, ni reclamos por no haber sacado la basura a tiempo o porque siempre estaba viendo futbol en la televisión.  Había únicamente un silencio sagrado, limpio que realmente era un como un bálsamo para su alma.

Tomás dejó caer la cabeza hacia atrás, aspiró aquel perfume a lavanda celestial y soltó un suspiro hondo, monumental. Se cruzó de brazos, y curiosamente después de cuatro décadas de matrimonio comenzaba unas verdaderas vacaciones eternas.

Hasta que una brisa extraña agitó la neblina que cubria un poco sus alrededores y un rayo de luz ilumino una figura a lo lejos. 

Efectivamente atravesando un arcoíris con la velocidad y la determinación de un proyectil divino, una silueta alada se abría paso. Tomás entrecerró los párpados, y siguiendo sus enseñanzas de catecismo en la tierra pensó saber de quien se trataba. Seguramente seria San Pedro o en su reemplazo algún ángel querubín con un arpa dispuesto a darle la bienvenida. Pero la figura se acercaba con un vigor demasiado conocido y que le recordaba su vida anterior. Era realmente curioso ver aquellas alas s no con gracia etérea, sino con la prisa de quien llega tarde a una cita muy importante. 

De pronto lo oyo con un retumbar como de campana de bronce que además hacia eco en cada una de las nubes a su alrededor.

—¡Tomás! ¡Tomi, mi cielo! ¡Ay, por todos los santos, sabía que te encontraría por aquí en algún momento. Que felicidad tan grande siento ahora. 

No había confusión posible: era Carmela. Llevaba una túnica de lino blanco resplandeciente, una aureola brillante perfectamente pulida e inclinada con coquetería mientras sus cristales de decoración dirigían la luz hacia arriba anunciando su aproximación. para colmo, venía batiendo las alas con una euforia desbordante como si fuera un colibrí multicolor. Cuando finalmente estaba cerca comenzó a agitar los brazos en el aire como si celebrara un reencuentro de telenovela.

A Tomás se le borró la sonrisa beatífica en una milésima de segundo. El alma se le cayó al fondo de la nube. Instintivamente se puso de pie, dio tres zancadas apresuradas hacia atrás y extendió las dos manos hacia el frente con los dedos bien abiertos, clavando los talones como un policía de tránsito deteniendo un camión sin frenos.

—¡Alto ahí! ¡Ni un aleteo más! —rugió Tomás, con el entrecejo fruncido de espanto—. ¡Ah, no, no, no! ¡Ni se te ocurra acercarte a saludarme con tanto entusiasmo!

Carmela frenó en seco en pleno vuelo, levantando una nubecita de polvo de estrellas. Se cruzó de brazos en el aire  arrugando la túnica celestial y mirándolo con la misma expresión inquisidora que ponía los domingos por la mañana cuando él fingía estar dormido.

—¿Pero qué te pasa, descarado? —reclamó ella, con las alas vibrando de pura indignación—. ¡Llevo esperándote siete meses y tres días! Dejé apartada una pradera bien linda y hice reservar a un grupo de querubines para los dos y vengo directo  a darte un abrazo de bienvenida a este paraíso, ¿y así me recibes? ¿Dónde está el cariño?

—¡El cariño se quedó en la parroquia de San Judas Tadeo en mil novecientos ochenta y dos! —replicó Tomás, apuntándola con un dedo tembloroso pero firme—. 

Carmela bajó los brazos despacio, con la aureola tambaleándosele levemente sobre la cabeza, sin dar crédito a semejante audacia.

—O sea que según tú... ¿ahora somos dos extraños?

—¡Compañeros de galaxia, si acaso! —concluyó Tomás, volviendo a acomodarse en su nube con una serenidad recobrada y cruzándose de piernas—. Puedes ir a saludar a tus tías, buscarte un coro de ángeles o cantar alabanzas en el tercer cielo. Pero a mí me dejas en paz, Carmela, que si esto se llama paraíso, es porque aquí se viene a descansar.

Pero no te entiendo de que hablas si hemos sido esposos durante más de cuarenta años y hemos vivido juntos todos estos años, porque no quieres recibirme como un esposo fiel y dedicado. 

Tomás sacudió la cabeza, adoptando un tono de abogado sagaz:

—Tú te moriste primero, ¿sí o no? Sí. Yo me morí después, ¿cierto? Cierto.¡Yo no me pasé cuarenta años comiendo sopa sin sal para venir a renovar la hipoteca conyugal en la eternidad!

Y ahora ambos estamos muertos Por lo tanto se aplico la cláusula de rescisión y se ejecutó por causas de fuerza mayor y aquí cada quien es un alma libre y soberana. Pues Las reglas son las reglas, Carmela, y en el cielo no nos vamos a saltar la ley. El padre Jerónimo lo dijo bien clarito frente a Dios, ante la virgen de yeso y con cincuenta parientes de testigos: hasta que la muerte los separe.

Episodios: Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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