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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

801. La muerte del Emir.

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda · 5 oct 2026 · 5:21

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez, en el corazón de Samarcanda, un hombre que era temido en todas las comarcas por su crueldad.: el gran emir Tamerlán. Una noche de vientos helados, el monarca se despertó bañado en un sudor frío y con el corazón martilleándole el pecho. Había soñado que yacía en su lecho de muerte, consumido por las sombras, y que de inmediato era arrastrado sin piedad por los siete niveles que llevan al Yahanam. Como se conoce el infierno. 

Aterrado por la pesadilla y obsesionado con postergar aquel destino fatal, convocó antes del amanecer a los astrólogos más renombrados del imperio. Formados ante el trono de oro y marfil, los sabios temblaban mientras el emir, con mirada sombría, les exigía saber con certeza cuánto tiempo de vida le restaba.

El primer astrólogo dio un paso al frente, consultó sus cartas celestes y dijo con reverencia: —Gran emir, los astros indican que viviréis veinte años más.

El segundo, intentando complacerlo con mayor generosidad, proclamó: —Los planetas se alinean a vuestro favor; viviréis cincuenta años.

El tercero, viendo la sombra de insatisfacción en el rostro del soberano, dobló la apuesta: —¡Cien años más de gloria os aguardan sobre la tierra!

El cuarto, desesperado por superar a todos y ganar el favor del tirano, se postró y exclamó: —¡Oh, señor del mundo, vos sois inmortal! ¡No moriréis nunca!

Tamerlán apretó los puños, con los ojos inyectados en cólera. —¡Verdugo! —rugió con voz de trueno—. Decapita a estos embusteros todos han venido aquí a mentirme.  Tres de ellos me han otorgado demasiado poco tiempo para saciar mi sed de victorias, y el cuarto miente descaradamente para salvar su miserable cuello.

Los guardias arrastraron a los cuatro hombres fuera del salón, dejando tras de sí un silencio espeso y sobrecogedor. En un rincón de la corte permanecía el mulá Nasrudín, envuelto en su modesta túnica y observando con calma como la corte iba y venia tratando de aliviar las penas de aquel emir obedeciendo las más crueles ordenes. 

Tamerlán clavó en él sus ojos penetrantes y le dijo: —Tú, Nasrudín, que a veces has leído los misterios del porvenir y conoces los secretos del cielo... ¿qué tienes que decirme?

El mulá no vaciló. Inclinó la cabeza con humildad, acarició su barba y respondió con una serenidad pasmosa: —Gran emperador, da la casualidad de que también yo tuve un sueño la noche pasada. En él, un ángel luminoso descendió ante mí y me comunicó el día exacto de tu fallecimiento y con toda tranquilidad puedo confirmarte que el sueño tiene todo de realidad. 

El emir contuvo el aliento, devorado por la inquietud y la esperanza. —¿Y qué te dijo? —preguntó Tamerlán, inclinándose hacia adelante, temiendo y deseando a la vez escuchar la profecía.ya que el  mulá era conocido tanto por su inteligencia como por su astucia, así que su respuesta debería ser tenida en cuenta por el. 

 

Nasrudín alzó la mirada, esbozó una leve sonrisa y sentenció: —Que morirás el mismo día que yo.

Desde aquella mañana, no hubo hombre en todo el imperio cuya salud, bienestar y seguridad fueran custodiados con tanto desvelo por los guardias del emir como los del astuto mulá.

 

Episodios: Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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